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El postparto: una etapa sobre la que no se habla

mamá pinkNos preparamos para el parto, para la crianza del bebé, todo el mundo nos habla de lo poco que dormiremos cuando nazca el pequeñajo o lo duro que es ser padre, pero a mí nadie me había preparado para el postparto. Estaba preparada para que fuese una etapa difícil por dormir poco, la adaptación del niño, los inicios de la lactancia… pero nadie me había hablado de lo dura que puede ser esa etapa para muchas mujeres, física y mentalmente.

Mi sensación tras dar a luz fue la siguiente: era como si me hubiesen sometido a una operación y tras la anestesia, en lugar de descansar y recuperarme, me hubiesen puesto de pie con unos tristes analgésicos como remedio y me hubiesen obligado a permanecer despierta y caminando por la habitación toda la noche. Desde ese día ya no volvimos a dormir más de diez minutos seguidos en al menos un mes (y seguramente me esté quedando corta).

Tuve la mala suerte de sufrir una episotomía (si se le puede llamar así) de escándalo, así que los primeros quince días apenas era capaz de levantarme del sofá. Sentía un dolor tremendo y el peso de la culpa por no poder levantarme para ocuparme de la peque de manera más activa. Por las noches me sentía triste, el “baby blues”, me dijo la ginecóloga, que se me pasaría en poco tiempo. A los dos o tres días, ya no lo recuerdo bien, de estar en casa, empecé además a sentirme muy mareada y me dio fiebre, resulta que era la subida de la leche. En el tema de la lactancia no voy a profundizar, ya conté mi experiencia en “Cuando la lactancia no funciona”, solo comentaré que no fue nada fácil. A los quince días ya era capaz de subir las escaleras de una en una y dar pequeños paseos, además ya podía sentarme (hasta entonces solo tumbarme) gracias a un cojín con forma de donut (con un agujero en el centro, vamos). Pero seguíamos sin haber descansado absolutamente nada y mi marido no daba abasto tendiendo ropita por los radiadores, esterilizando chupetes y “carricocheando” a la peque para que no llorase.

Afortunadamente todo pasa, y aunque el primer mes de mi peque fue de los más largos de mi vida, después casi te olvidas de cómo fueron esos primeros momentos. Y por supuesto, como habréis oído mil veces, merece la pena. Esto para que los que estén planeando ser padres no se desanimen y que a los que estén a punto no les entre el pánico. Pero es cierto que el postparto es una época complicada para las madres, y pocas veces se nos habla de ella con claridad. Es una etapa de “reajustes”, físicos, hormonales y también en tu vida. Creo que es importante llegar mentalmente preparada a ese momento y que tenemos que ser un poco más comprensivas con nosotras mismas y darnos tiempo para recuperarnos, porque en ocasiones, sobre todo si has tenido un parto complicado o si se te complica el tema de la lactancia, puede ser una época difícil y agotadora, y muchas madres además llegan a sentirse culpables por no estar viviéndola con la felicidad e inmensa satisfacción que se presupone.

Vamos chicas, que las portadas del “Hola” son mentira, la semana pasada vi a la mujer del Príncipe Guillermo de Inglaterra saliendo estupenda del hospital diez horas después de haber dado a luz. Ya os digo yo que “las que salen en las revistas” deben dar a luz de manera virtual porque siento mucho deciros que la realidad, salvo algunos casos, no es así…

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Nuestro viaje en avión #Stopniñofobia

children-159353_1280Ya hice una breve referencia a nuestro viaje a Berlín en Cómo integramos a los niños en la vida actual, pero ahora quiero sumarme al #Stopniñofobia relatando qué fue lo que ocurrió exactamente en el viaje de vuelta.

No es una gran historia porque lamentablemente es una historia común, casi diría que forma parte de lo cotidiano, pero me sentí realmente ofendida, porque fue de una manera tan directa, tan maleducada que hizo que me hirviese la sangre.

El año pasado decidimos hacer nuestro primer viaje al extranjero con la peque, que tenía por entonces 17 meses. Tengo que reconocer que me asustaba que el viaje en avión fuese un infierno, que fuese todo el rato llorando o protestando, pero apenas eran 3 horas de vuelo, así que llevamos cuentos, capítulos de Peppa Pig, juguetitos para entretenerla y mucha paciencia. Con esto quiero dejar constancia de que a los padres no nos gusta “molestar” a nadie, hacemos todo lo posible porque los peques estén tranquilos y entretenidos en un lugar donde hay otras personas. Pero los niños son niños. Y tengo tanto derecho a irme de viaje a Alemania con mi peque como el señor de al lado, el otro y el de más allá, porque he pagado mi billete. El que no quiera viajar con más gente tendrá que ahorrar para un jet privado. Yo, como de momento no he ahorrado suficiente, tengo que aguantarme si al de al lado le huelen los pies o si el que se queda dormido ronca.

Bueno… que me estoy encendiendo, voy al asunto. El viaje de ida fue sorprendente, la peque se portó increíble, aguantó sentada, nada de lloros, ni gritos, se entretuvo con las cositas que habíamos llevado y fue una maravilla. Además, tuvimos la suerte de que el asiento de al lado no iba ocupado, así que teníamos 3 asientos para nosotros. Pasamos unos días geniales en Berlín, pero todo lo bueno acaba y tocó volver. Cuando entramos en el avión vimos que esta vez sí llevábamos acompañante. Según fuimos a sentarnos con la peque, la chica que estaba ya sentada en su sitio nos miró con tal cara de asco que yo no daba crédito. Miró a mi peque, ¡MI PEQUE!, con desprecio, y con formas que rozan la mala educación nos dijo que iba a salir, así que nos levantamos para que saliese y vimos cómo muy directa fue a la primera azafata que encontró. La azafata le dijo que no podía cambiarse de sitio porque el avión iba lleno. Bueno, pues removió Roma con Santiago, tuvo a varios auxiliares de vuelo reunidos exclusivamente con ella durante un rato. Por los gestos, parecía que intentaban convencerla de que no se podía hacer un cambio de asiento. Y tras un buen rato, consiguió lo que quería. La sentaron en otro sitio.

A todo esto, mi peque aún no había dicho ni mu, de hecho el viaje de vuelta fue tan bueno como el de ida. Es más, se portó mejor aún porque hubo muchas turbulencias y buena parte del vuelo tuvimos que llevarla con el cinturón de seguridad puesto, y aguantó muy bien.

Intenté dejar de lado lo que había pasado y mirar lo positivo, porque gracias a esta chica tan simpática pudimos ir de nuevo los 3 solos, tan a gusto. Pero mentiría si no reconociese lo que me ofendió, o incluso dolió, que aquella mujer mirase con tal desprecio a mi peque (que además no había emitido ni medio sonido), como si estuviese entrando en el avión con un perro con la rabia.

Pero antes de despegar, la justicia divina, el universo o la casualidad actuaron. En el último momento, entró una mamá con un bebé pequeñito, de meses, y se sentó al lado de la chica. Ya no pude ver su cara, pero el bebé se pasó todo el viaje llorando y quejándose. Y yo, lo sé, lo sé, esto que voy a decir está fatal, pero me invadió una gran carcajada interna e incluso una malévola sonrisita afloró en mi cara 😉

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Guardería: pros y contras

learning-422692_1280Siempre he pensado que la guardería no es algo necesario para el desarrollo y maduración del niño. Las guarderías existen porque los padres las necesitamos. Me parece poco discutible que un bebé de meses realmente con quien necesita estar es con sus padres o en todo caso con una persona cercana, alguien a quien reconozca y con quien haya creado algún tipo de vínculo. Cuando los niños son un poquito más mayores, a partir del año, año y medio, muchos piensan que la guardería es casi una necesidad para introducir en su desarrollo determinadas rutinas, relaciones sociales y otros aprendizajes. Yo sigo creyendo (esto es una valoración totalmente personal) que se trata de niños aún muy pequeños y todas esas cosas las van aprendiendo en casa y relacionándose con otros niños en el parque o similar. Además, bastante pronto empiezan el cole ahora mismo… Pero como ya he dicho, los padres necesitamos que alguien se ocupe de los pequeñajos para poder trabajar, encontrar trabajo, estudiar… y la escuela infantil es considerada por muchos de nosotros la mejor opción.

Independientemente de esta necesidad de la guardería por parte de los padres, la experiencia que pueda tener cada niño y cada familia es diferente, porque todo tiene sus pros y sus contras. Y resulta que la nuestra, a pesar de que hace poquito hemos tenido que tomar la decisión de sacar a la peque de la guarde, ha sido una experiencia bastante positiva salvo por un importante inconveniente.

Por supuesto, en la experiencia que se tenga influyen mil circunstancias, como la escuela infantil en sí (porque las hay mejores y peores, claro está), la edad del niño cuando se incorpora, su carácter, la profesora y cómo encaje con él… En fin, un millón de cuestiones, y entre ellas, sin duda, el azar y los temidos virus.

Nuestra peque comenzó a ir a la guarde cuando tenía ya 18 meses. La adaptación fue super buena, no lloró ni un solo día como suele ser lo más habitual, y a los pocos días según entrábamos en la escuela me decía directamente “adiós mami”. Ella es una niña muy sociable, le encanta estar con otros niños y de momento no tiene miedo a la separación. Se lo pasaba genial con sus amiguitos, en las actividades y juegos diarios y le vino genial para aprender algunas rutinas y para iniciarse voluntariamente en cuestiones como comer sola y empezar a hacer pis en el baño. Los niños aprenden por imitación y además tienen una tendencia a hacer y querer lo que hacen otros niños.

Tuvimos suerte en ese sentido, porque hay muchos que lo pasan mal al tener que separarse de sus padres, por ejemplo. Sin embargo, los contras con los que nosotros hemos tenido que lidiar han sido pocos pero complicados. Todo el mundo asume que el primer año de guardería el niño va a “pillarlo todo”, pero cuando esto empieza a afectar demasiado a la vida del pequeño y también a la del resto de la familia, como nos ha ocurrido a nosotros, al final te planteas otra solución. Lo que en otros niños eran simples constipados en nuestra peque eran una otitis tras otra, con todo lo que eso implica: no dormir, no comer, incomodidad… y además, contagios a otros miembros de la familia.

Finalmente hemos tomado la decisión de organizarnos de otra manera y sacar a la peque de la guarde, y la verdad es que es otra niña. No ha vuelto a ponerse mala, ya no toma antibióticos ni le echamos gotas en los oídos, duerme y come mejor, ha crecido y ha cogido peso. En fin, que aunque en todos los demás aspectos la guardería ha sido para nuestra peque una experiencia muy positiva, los contras, vamos los virus, nos han ganado la batalla. Pero esto solo es nuestra experiencia, supongo que otras personas se habrán encontrado con unos pros y unos contras diferentes… Como ya he dicho en otras ocasiones, cada niño es diferente.